La batidora

Hoy es mi primer día de clase, y como es lógico estoy nerviosa, más bien asustada. Comienzo una nueva etapa en mi vida: cambio de casa y de ciudad, estudios nuevos en un Instituto del que poco conozco y en donde me siento como una absoluta “intrusa”.

Ninguno de mis antiguos compañeros ha tenido la osadía de matricularse conmigo en este Instituto porque todos siguen viviendo en el mismo sitio, a 300 kilómetros de aquí, y sería ridículo que dejaran lo suyo para no sentirme sola.

Desde que supe que íbamos a trasladarnos aquí, lo que más incertidumbre me motivaba era a la fama del nuevo director, todo un dolor en el estómago, según decían, pero yo, in situ, comprobaría si ese personaje era tal y como lo catalogaban; seguro que comparándolo con la directora de mi anterior escuela resultaría ser un pobre incomprendido. Ella era odiosa, una vara de metal con un estilo propio de superwoman creyéndose más que nadie y creando situaciones desagradables para fastidiar al alumnado con gritos o castigos impropios de nuestra edad. Todo un alivio  salir de allí, y encima con la cabeza bien alta al pasar de curso limpia de asignaturas -y también de conciencia- consiguiéndolo yo solita, sin enchufes de ningún tipo, aunque según una idiota amargada y resentida de mi grupo, pasé a segundo de Bachiller porque a los profes les dió pena “perderme de vista”. Es una cretina. Qué mala es la envidia…Al despedirme de ella, la miré a la cara y le confesé lo que sentía: <<Mira, monina, ya no te voy a ver más. Me voy de tus ojos, pero yo te quito de los míos también>>. He de decir que de mona no tenía nada, salvo sus largos pelos que recorrían sus brazos, piernas y cara dándole un aspecto animal.

 

Mi pena, al emigrar de casa, se acrecentaba al pensar en Alano, mi vecino, y más aún al tener una buena relación de amigos, que no de amor, y no porque me disgustase, más bien porque él no veía necesario enamorarse de mí al ser simplemente una “cría bonísima”. En fin, se que soy una soñadora, y es que la imaginación es libre para elegir destino.

Su beso de despedida me supo a gloria bendita, y eso que fue demasiado suave. Me apretó contra sí, me susurró al oído un “te quiero”, que me sonó a música celestial, y me besó en la frente -claro está, no podía ser de otra manera-, con los padres mirándonos emocionados, y es que a mi madre siempre le gustó Alano para mí. ¡Ilusa!

Es el hijo de unos amigos de toda la vida, el chico perfecto, salvo por los diez años que me lleva, no siendo ese matiz un obstáculo para mí pero sí para mi padre, quien teniéndolo en cuenta me intenta quitar “esa chiquillada” de la cabeza.

Estudió Medicina, y ahora se prepara, con tesis, cursos y demás para ser un buen médico en su especialidad –cardiología-, y lo será, porque reúne las condiciones suficientes para lograrlo. Ya decía yo que mi pobre corazón, enamorado desde sus ventrículos hasta sus aurículas, lo habría de curar Alano cuando yo creciera algo más, poniéndome a su altura en sensatez. ¡Cómo no iba a ser cardiólogo si tenía el mejor de los corazones…! Me prometió ir a visitarme a mi nueva casa, algo que ha supuesto un rayito de esperanza para mi apagada alegría.

Jamás se ha asustado con la sangre, ya fuera propia o ajena, y siempre ha tenido a punto una fantástica disposición para ayudar cuando se pronunciaba la palabra “dolor” o “malestar”. Alano controla la descompensada tensión emocional de mi padre, quien está demasiado preocupado por el trabajo y por su jefe, siendo éste el motivo por el que nos cambiamos de ciudad. A mi padre le han propuesto un nuevo horizonte laboral al que no puede, ni debe, renunciar porque será recompensado económicamente, y de segundas, mi vestuario tendrá nueva imagen. ¡Todos contentos!

Alano es una persona ejemplar y un amante fiel de su profesión y de su familia: el hombre completo, y por eso le quiero. Un día le dije que mi corazón no andaba bien porque se agitaba demasiado. Me respondió que sería el amor, que algún chico estaría anidando en el nido del cariño y que debería cuidarlo para que no se cayera de él. Todo un poeta. <<Ese pájaro eres tú, Alano, y ese amor el más grande de cuantos existen>>, pensé cómo alivia al no poder decírselo, pero el ave libre no se rinde a las cadenas del afecto y vuela alto para no ser atrapado. Me gustaría ser nube y fundirme en él.

Las chicas se lo rifan pero Alano no malgasta su tiempo en darles papeletas de ilusiones en donde el premio final resulta ser su amor. Pero yo tengo la mejor carta de presentación: ser hija de amigos comunes, y ser guapa, o al menos eso es lo que dice cada vez que coincidimos: <<Sonia cada día estás más bonita>>, posiblemente una frase hecha que carece de sentimientos reales, pero aún así me conformo porque solo me lo dice a mí.

 

En éste nuevo instituto hay demasiados alumnos, creo yo, y de lo más variopinto. Profesores, mochilas, gorros con viseras, chicles y chupa chups por doquier, bicicletas aparcadas en la entrada -algunas de ellas caídas y pisadas sin cuidado alguno-, risas –más bien carcajadas-, tabaco y algún que otro vicio inconfesable. Al llegar me dieron intenciones de dar media vuelta y marcharme a casa con alguna excusa absurda que hiciera comprender a mis padres mi negativa a entrar en ese Centro “educacional”.

Maxím, mi hermano gemelo, prefirió otro Colegio algo más alejado de la nueva casa, pero yo, idiota, elegí la comodidad de ir andando antes que atarme a la silla del bus todos los días, y tener que aguantar empujones y codazos por encontrar un asiento en el que terminar los sueños interrumpidos por el despertador. ¿En qué estaría pensando cuando inventé ese argumento?

A mis diecisiete años –a punto de cumplir los dieciocho-, la edad limítrofe para acabar los estudios de bachiller, tengo la cabeza bien amueblada, pero las ideas algo confusas, aunque no lo quiera reconocer. Soy mujer, y según dice mi padre, garantía de una madurez asegurada.

 

Las escaleras para llegar hasta donde se supone será mi “segunda casa”, son interminables, como si llevasen a la incertidumbre, a los miedos de no saber lo que ocurrirá dentro de ella. Me santiguaré e iniciaré la subida al desconcierto a través de esos “miles” de peldaños.

Si ahora se me concediese un deseo sería que el tiempo pasara de repente y me situara dentro de un año, con el curso finalizado maravillosamente, rodeada de chicos por todos lados y arropada por la amistad de chicas dispuestas a una complicidad de colegas. En fin, que sea lo que Dios quiera.

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Quién diría lo lento que ha pasado el mes de octubre; es como si hubiese sido empujada a detener mi tiempo en todo aquello que me ha ido ocurriendo, sintiendo en mi piel un cúmulo de frustraciones ajenas, hasta hoy, a mi persona.

A medida que transcurren los días advierto que la gente es agradable, aunque algunos sean incorregibles. No obstante, dentro de mí sigo aferrada a los amigos que dejé, y entiendo que he de ir acostumbrándome a que la distancia no debe olvidar el cariño y, siendo así, me consolaré con llamadas y mensajes, que siempre acercan sentimientos.

Lo único bueno de este colegio es que el nivel académico es mediocre, más bien pésimo, lo que supone que estudiando menos aprobaré más, como el mejor de los trucos de magia.

Los profesores intentan impartir sus buenas enseñanzas pero, al haber alumnos que no se lo permiten, se ven en la obligación de frenar sus esfuerzos por instruir como es debido. Sin embargo, la pieza clave en este puzzle es el “director”, un eslabón perdido que no encaja por ningún sitio. Por lo que parece, fue debido a un problema que anuló sus facultades mentales, lo cual le dificulta, a conciencia, tomar la rienda de la dirección. Parece ser que se le ha dado un ultimátum y si no es capaz de responder será sustituido por alguien que cubra las expectativas de las normas de este centro. A mi, éste señor me genera pena, a pesar de no conocerle. Según se comenta, la razón de su mala gestión escolar se debió al abandono de su mujer, quien en un momento de loco amor prefirió a un hombre más joven que ella -el profesor de gimnasia, un “musculitos”- cambiando su fidelidad por la pasión.

Mi nueva amiga, Marla, una chismosa de palabra ágil, que consigue hacerme reír con sus locuras, me ha contado que el “reo” –como así llaman al director, por estar recluido en la cárcel de la pena- tiene dos hijos, un chico y una niña pequeña, lo cual me entristece y me motiva a mirarle con ojos de lastimoso cariño. Cuando pasa por mi lado le saludo, aunque él, con la cabeza baja, mirando el suelo, no responde, como si no oyera la voz de nadie, ni tan siquiera la suya.

 

Ésta mañana tengo aplicación de laboratorio, una asignatura que odio, y cuando me toca “investigar” mirando por la lente, enfundada en una bata blanca que me transporta a Alano, pienso en que si él estuviera conmigo me ayudaría a enfocar bien el cristal por el que ver a esos repugnantes microorganismos para entender lo insignificantes que podemos llegar a ser y lo mucho que se creen algunos, como Braun, -lo que le faltaba a su repelente imagen, con el nombre de una marca de batidoras-. Ese personajillo es el idiota que me ha tocado como compañero, y lo que más me fastidia de él, es que se cree un sabelotodo, una lumbrera, un superdotado generoso en ideas brillantes y escaso en normas de convivencia; encima se refiere a mí como “chata” y eso que mi nariz es aguileña. No le soporto, es superior a mí y a mis principios.

Nos han asignado un trabajo y el plazo de entrega es de un mes, aunque me hubiese gustado terminarlo hoy mismo para quitármelo de encima pues la sola idea de compartir mesa y bolígrafo con “la batidora” me genera una tremenda ansiedad -lo mismo que le ocurría a mi padre en su anterior trabajo-, y no quiero acabar medicando mi corazón para que se tranquilice de algo que yo no propongo. Voy a pedir hoy mismo que me cambien de experimento por el que está haciendo Marla: un estudio sobre la fotosíntesis; seguro que me resultará más alegre.

 

Después de algún que otro intento, no pudo ser, <<Los trabajos están asignados y tienes que ceñirte a lo que te corresponde>>, ha sido la respuesta del profesor, y no me queda otra que aguantarme y poner buena cara al mal tiempo. Mañana comenzaré el día con el pie derecho, por eso de la buena suerte, y me tranquilizaré porque “la batidora” hará el trabajo por mí; no cabe duda que él sabe más que yo, y eso es suficiente para intuir que la calificación será de las más altas, si no la más, pero, ¿de dónde habrán sacado a semejante espécimen? Creo que aparcaré la crueldad de mi pensamiento y avanzaré en mis recursos personales para posicionarme, como debe ser, en la mesa de laboratorio.

No entiendo nada, todo son números y letras que bailan alegremente frente a mi mente distraída. No paro de pensar en Alano, imaginando que fuera él quien sustituyera al profesor de ciencias, que lo único que tiene de más son los años y un mundo surrealista fuera de todo entendimiento.

Y llegó el gran día, hoy comienza el experimento. Braun mira por el microscopio y yo, mordiéndome las uñas, apunto lo que me va diciendo. Algo aburridamente divertido ¡Ja!. Me canso, no se qué dice y para qué sirven todas las anotaciones, pero me aburro de estar tanto tiempo sentada.

Es curioso, no me había fijado en mi pobre compañero, solo he tenido tiempo para criticarlo y dejarle a un lado como humano, porque al parecerme pedante lo rechazo de antemano. Creo que esa no es la enseñanza personal que me dieron mis padres, así que desde hoy prometo comportarme bien con “la batidora” y tratarle como se merece, como un compañero más.

Pasan los días y sigo escribiendo lo que me dicta. He ganado en velocidad a la fuerza, porque éste chico habla demasiado rápido y lo último que quiero es parecer una pardilla atontada. ¡No señor!. Yo me fijo en otras cosas, por ejemplo en que no me mira; debe darle vergüenza ver una mujer como yo; si no recuerdo mal, los “cerebritos” tienen fama de ser tímidos con las féminas, y éste se lleva el trofeo de timorato. No puedo seguir así, con éste aburrimiento, por lo que para aplacar mi aburrimiento y cotillear un poco hablaré con él.

<<Oye, Braun, cuánto tiempo llevas en éste colegio>>

<<Muchos años>>

<<¿Y te gusta?>>

<<No me queda mas remedio. Pero éste será el último año que esté aquí. Seguramente me vaya>>

<<¿Y eso por qué?>>

<<Por razones personales –me respondió. ¿Seguimos con el trabajo?>>

Fue todo un logro que hablase conmigo, o quizá que yo le dedicara unos minutos de mi apretada agenda verbal. Es curioso que para responder a mis preguntas se quitara las gafas pudiendo comprobar la mirada tan impactante con la que me miró, algo que hasta me ruborizó. La “batidora” había conseguido sonrosarme como ningún otro chico lo había hecho, lo cual me lo callaría, por mi bien y por el de mis recién estrenadas amistades, quienes no mantenían ningún vínculo de simpatía con el chico.

Los días posteriores a mi toma de contacto con Braun fueron especiales, como si el destino hablara de amistad, confianza y entendimiento.

Comencé a aprender con él a través de su espléndido pensamiento, de su inigualable inteligencia que, aunque brillante, era discreta. Conocí a Braun gracias a los microorganismos y entendí la enseñanza de mis padres: <<Sé generosa con la vida y ella lo será contigo>> Y así fue, un sobresaliente marcaba el primer puesto en mis notas trimestrales, y todo ello gracias a “la batidora”, mi amigo, un ser entrañable.

Marla y otras se reían de mí al hacerles constar que me había acercado a Braun porque era un buen chico, sin más, y no por sus escasos encantos físicos; esa mirada, esos ojos me habían hechizado por completo, y siendo parco en palabras, era amable y caballeroso. Me gustaba cierto misterio que encubría su aspecto; era singular en su manera de vestir, raro, diría yo: porque pudiendo resultar extravagante tenía cierto poder de seducción. Confieso que lograba batir mis emociones con una especial mezcla de sentimientos entre los que se encontraban el cariño y el compañerismo.

Alano era una persona a la que adoraba, un modelo ideal de hombre, pero Braun comenzaba a ser alguien a quien empezaba a necesitar, algo que resultaba alarmante.

Recorríamos el mismo trayecto del Instituto a casa, nos veíamos en el supermercado y en la tienda de libros, coincidíamos en gustos literarios, por lo que cuando podíamos siempre hablábamos, y mucho, pero fuera del alcance de quienes no queríamos ver, como eran los compañeros.

Conversábamos sobre el bien y el mal, de lo bueno y lo malo, transformándonos en unos filósofos de la vida compartiendo confidencias. Era mi amigo, el mejor guardián de mis palabras, lo mismo que yo para él.

Podíamos navegar por todas las aguas turbias de la vida menos por las de su vida personal, elemento que esquivaba cuando asomaba en la conversación. No entendía por qué nunca me dejaba fisgonear por sus situaciones cotidianas, familiares, las normales a nuestra edad en la que los conflictos con padres y hermanos están asegurados, y que hablándolo con los amigos les restamos importancia. Yo, por ejemplo, desde mi especial trinchera de la rabia, he sido siempre bélica con mi hermano y con mi madre, porque sentía que hacían una piña contra mi, y sé que me confundía, pero mi hermano, hábil y manipulador, manejaba las situaciones a su antojo llevándose el las canastas y yo las faltas.

El único medio que utilizábamos para contarnos lo que nos faltó decir durante las clases de colegio, era el Messenger: el ordenador se convertía en cómplice de nuestras palabras y sueños, en confesor de lo que nos daba apuro decir a la cara, y la única forma de contárnoslo era mediante un teclado, un ratón y una pantalla, todo un acto de cobardía por mi parte que me habituaba a contar mis cosas tras el antifaz de un artilugio de por medio.

Él me hablaba de sus inquietudes frente a su futuro sin encontrar un camino fácil que se adaptara a sus sueños, y yo, ilusa, le contaba todo lo que iba a hacer cuando fuera una maravillosa científica y salvara miles de vidas con una vacuna milagrosa que curase enfermedades aparentemente incurables; ¡conmigo llegaría la revolución de la ciencia! Esas tonterías eran las que hacían que Braun se riese a carcajadas, lo que me complacía enormemente porque ejercer de bufón, voluntariamente, sin serlo en realidad, era fantástico porque me regalaba mucha alegría.

Él sabía que se le llamaba “la batidora” y le hacía gracia porque entendía que, en concreto yo, no se lo decía con afán de dañarle sino como una provocación halagadora, ya que en su cerebro se batían ideas brillantes que formaban procesos lógicos únicos. Este chico era un portento y debía brillar con su luz propia.

El martes de la semana que tuvimos vacaciones obligadas, por las obras realizadas en el edificio de la escuela, Braun me llamó a casa, pero yo no estaba en ese momento, y al regresar me dieron el aviso. Me hizo ilusión, a la par que me extrañó que hubiese dado ese paso porque nunca le gustó una comunicación telefónica, llegando al extremo de negarme su número de teléfono. No obstante, mi empeño por conseguirlo no cesó. Me busqué otras vías y pensé en Marla: ella podría tenerlo. Marqué su número, y con cierto disimulo, esquivando preguntas personales que me pudieran traicionar y evidenciar la realidad de lo que pasaba con mi amigo, y tras hablar de banalidades que no nos importaban a las dos lo más mínimo, le pregunté por el teléfono de Braun, y como si hubiese oído la pregunta más absurda jamás formulada me respondió chillando:

<<¿El teléfono de Braun? Pero tú estás loca o qué, ¿no ves que acercarse al fuego puede quemar y dejar cicatrices para toda tu vida? Si te enrollas con él vas a ser el hazme reír de todos, entiéndelo, Sonia>>

Reconozco que sus palabras me sonaron mal y desagradables. Me negaba a comprender por qué utilizaba ese tono conmigo. La risita que me dedicó al final fue lo que me sacó de mis casillas.

 

Con un resquicio de lucidez, lo justo como para pensar, me aventuré a preguntarle por aquello que me había bloqueado de repente. <<¿Y qué pasa si me encariño con él, qué problema puede haber?>>

<<Pero, ¿aún no sabes quién es “la batidora”?>>

<<Sí, un chico estupendo que ninguno de vosotros conocéis>>, respondí.

Marla, con su especial forma de ser no se hizo esperar…

<<¡Es el hijo del “reo”, del director!>>

Durante unas horas, mi reacción visceral quedó paralizada entrando en un estado de calma total, pero un tiempo después decidí que era el momento de propiciar un encuentro casual con Braun. A esas horas de la tarde seguro que estaría paseando a su perro por el estanque; ya les había visto en varias ocasiones.

Así que me decidí a salir a su encuentro. Mientras iba caminando hacia el parque me preguntaba por qué Braun me ocultó la identidad de su padre, quizá por miedo a perderme, acaso era mejor callarlo por algún motivo; sus razones tendría y las intentaría conocer.

Siempre he sentido, y ahora más, que el director no es mala persona, salvo que refleja la imagen de un hombre amargado y celoso de su vida personal, muralla inaccesible que lo aleja de todos aquellos que están próximos a él.  En la escuela se le ha tenido respeto, y en algunos casos miedo, no siendo en el mío porque no he visto en él algún comportamiento que me haya dado indicios de que fuera agresivo o malévolo, y por lo que respecta a los profesores, ha mantenido cierta distancia en el trato personal, que no disciplinario y educativo. Se le veía solo ya desde por la mañana temprano, al ser el primero en llegar, recorriendo los pasillos del instituto perdido en una amarga tristeza, sin regalar un saludo a nadie, salvo a Braun. Ahora lo entiendo.

 

Llegué al parque con paso ligero, y allí estaba, solo, mirando el reflejo del sol en el agua junto a su perro Kurro. La luz que se reflejaba sobre él le hacía parecer muy interesante, hasta guapo, o por lo menos eso me parecía. Entendí que lo que era hermoso no tenía que verse necesariamente con los ojos, pero sí sentirlo con el corazón, y si eso ocurría, se vería también con la mirada de la verdad, no la de los miedos, algo que estaba descubriendo a través de Braun. Solamente me dijo: <<Imagino que te has enterado ya, ¿verdad?>> Le respondí afirmativamente y sin titubeos, pero no le pedí ninguna explicación. No tenía ni siquiera el derecho de hacerlo, y respetarle era mi aspiración más coherente. Aún así Braun desnudó su conciencia a mi alma, la parte más noble de mí, aquella que no iba a responder con desaire, y pudimos compartir confidencias durante más de dos horas, hasta que anocheció, entendiendo sus miedos a confesar lo que él intuía que nos podía alejar.

Me contó que cuando su madre -profesora titular de la asignatura Historia del Arte-, se enamoró del profesor de gimnasia -tutor de Braun ese mismo año- se le hundió el mundo bajo la sombra de su inocencia y acompañándose de la no deseada burla de los compañeros, quienes desprovistos de caridad se aferraban a sus guasas con el pobre Braun. Fue un golpe del que aún no siente alivio alguno, y de ahí su intención de cambiar de instituto para serenar su desconsuelo, algo que intentaré remediar pues nuestra amistad ha comenzado a curar las heridas del reproche y del engaño, un engaño que se adueñó de cada sensación vivida.

Braun solo tenía que aprender a confiar de nuevo en el amor, y retirar de sus días la traición, tarea difícil porque cuando se daña el dolor deja una huella imborrable o espinosa de retirar.

Lo que supuso para mi, inicialmente un cambio de vida: colegio, casa, pasó a un segundo plano porque la vida me había permitido encontrar un motivo por el que sentir con la mayor intensidad posible: un recién estrenado amor.

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Los meses pasaron en un alarde de vital alegría, y en una tarde de verano, cuando los ánimos se calmaban con un natural paso del tiempo, me acerqué a la figura del director, pudiendo conocer su persona de manera más cercana, en su entorno familiar, comprobando que ese hombre, el “reo” como así se le llamaba, no vivía entre las rejas creadas por quienes desprovistos de moral hablaban sin saber, sino alguien a quien la vida intentó aprisionar en un desconsolado desamor.

De entre todos los alumnos del colegio yo fui la más afortunada al acercarme a él, y lo hice porque no quise juzgarle, porque la encrucijada de la vida entreteje sus propias limitaciones con tintes de crueldad, y nada ni nadie, en un momento dado podemos salir victoriosos de ella.

Entendí porqué Braun se escondía tras esas espantosas gafas: para ver solo lo que le importaba, cegando las guasas y críticas de los demás, los auténticos perdedores del sentir de la vida.

 

    Sobre Pilo Cruz

    No me gusta complicar lo que considero sencillo. Estoy en perpétuo estado de aprendizaje. Aún tengo muchos sueños por cumplir, y disfruto de los que ya soñé cuando anduve despierta. Aprendo cada día mirando a los ojos de quien me mira, escuchando palabras no habladas por mi, y sintiendo el sentir de los demás. Soy un aprendiz de la vida...

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