“La soledad en el ser humano. Desde la época fetal hasta la vejez”.

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Prologuista de 

“La soledad en el ser humano. 
Desde la época fetal hasta la vejez”. 

Autor: Julio Cruz y Hermida. Ed.SIGLO

PRÓLOGO

 Escribir éste Prólogo es un reto para mí, pues me resulta nuevo y hermoso a la vez. Hasta hoy no se me había presentado ésta ocasión y, ni mucho menos, brindada por mi padre, mi maestro y mi guía en el mundo interior reflexivo en el que florece el pensamiento. Por ello, hablar sobre la soledad, no me resultará arduo, pues estoy acompañada de quien no me dejó sola al nacer: mi padre y tocólogo. Es un honor y una satisfacción personal que con su plena confianza, pueda llevar a cabo éste cometido.

El me conoce bien y sabe que el tema de la soledad me interesa y apasiona, debido al vínculo especial con mi profesión, la Terapia Ocupacional, en donde la soledad se desliza sin piedad por el aire que respiran algunas de las personas que sufren una discapacidad.

Ruego disculpen mis principiantes y novatas palabras, si carecen de una correcta expresión, pero no soy escritora, tan solo una aprendiz de la vida a la que le fascinan los firmes anclajes de los sentimientos del ser humano, por lo que intentaré reflejarlos en palabras escritas para que puedan ser leídos y, de alguna forma, sentidos.

 La vida me ha permitido tamizar mis soledades con el cariño de mi familia, por lo que la soledad, en mi caso, se difumina y la siento de forma aislada, ya que el amor la transforma en una efímera sombra.

 Siguiendo las directrices que mi padre expresa en su libro, voy a tratar de exponer lo que siento como soledad, en  las diferentes etapas de la vida.

 Creo que para escribir sobre la soledad no es imprescindible estar solo; sin embargo, para entender su significado, es conveniente aproximarse a ella. Quien se adentra en su misterioso halo, y descifra su clave, la comprenderá mejor, e inclusive podrá asumirla.

 En su compañía las palabras son mudas y el silencio intenso. Nos ofrece su mano amiga para caminar, nos abraza fuertemente para llegar a soñar, produce mudos sonidos en quien no puede hablar, enciende la llama apagada cuando alberga la falta de amistad, a veces se transforma en el frío de una gélida compañía, es amiga de los crepúsculos y de los amaneceres. Con un especial lenguaje transmite emociones varias, se hace indispensable en momentos de angustia, se sitúa a nuestro lado a pesar de huir de ella, y la buscamos si creemos necesitarla. En ocasiones, la silueta de la soledad empaña los cristales de nuestros sentimientos, impidiendo ver con claridad lo que quiere representar.

 Existen soledades amigas y compañeras que traicioneramente se transforman en enemigas, partiendo el alma en dos, desgarrando el corazón. Hay soledades afables o intrusas, benevolentes y austeras, todas ellas con nombre propio frente a una específica situación personal.

 Si hacemos un breve recorrido por la vida, comprobamos la habilidad que tiene de camuflarse debajo de nuestra piel para conseguir hacernos sentir. Por ello, cuando nacemos, nos envuelve una implícita soledad que incitará a enfrentarnos al cuadro  de la vida, donde cada trazo se pincela con intensos colores. A lo largo de nuestro complejo caminar, podremos elegir una buena compañía, o se nos impondrá hacerlo con una buena dosis de soledad, necesaria en ocasiones y forzada en muchas otras.

 En la niñez no podemos ni debemos estar solos, pues pudiera suceder que se sintiera el frío abrazo de la muerte, o que se dañara la incipiente personalidad, debilitando inevitablemente los frágiles sentimientos.

 Al topar con la “temida adolescencia”, se busca una absoluta libertad individual, siempre y cuando esté bañada de una cierta necesidad de compañía. Se adopta la postura de ser falsamente independientes, y solo somos capaces de “comernos” el mundo, aunque en ocasiones sea mejor tener alguien a nuestro lado para ayudar a comérnoslo.

 Situándonos en la edad adulta, albergamos el deseo de compartir sentimientos y aprendizajes que la vida nos ha ido ofreciendo, y rehusamos una triste y amarga soledad; somos generosos y necesitamos sentir una mano amiga que nos dé calor cuando el frío invada nuestro cuerpo. La dicha es fiel acompañante y comparte la alegría del nacimiento de unos hijos que irán creciendo bajo la  firme protección de unos padres. Ellos siempre están cuando más se necesitan, desapareciendo sigilosamente al sentirse innecesarios.

 Enfermedades, visitas continuadas a médicos, situaciones  prolongadas de una desapacible soledad, la marcha de los hijos provocando un vacío inmenso en una casa que se derrumba frente al silencio de sus paredes, son las señales inequívocas del camino que nos acerca a una incipiente soledad. Nos fallan las fuerzas frente a una debilidad articular, muscular, o del alma. Quizás nos reconforten los silencios para evitar contar a gritos lo frágiles que somos. En una época nos comíamos el mundo y es ahora cuando comprobamos que es él quien nos traga hasta hacernos  desaparecer. Los sentidos invitan a apearse, de forma paulatina, del medio en el que nos movemos. Es útil la compañía de un funcional bastón, no oímos el sonido de nuestras propias palabras y no vemos más allá de lo que intuyen nuestros ojos;  se palpa el verdadero silencio, y saboreamos el gusto más amargo de la soledad.

Qué bello es llegar a ser abuelo estando rodeado de quienes tú quieres y quienes te quieren, apartando la soledad en ésta etapa de la vida, pues quien más amor nos dio es quien más lo necesita ahora, y justo es que se lo ofrezcamos, como nuestro mejor regalo.

La llama del fuego quema, pero la compañía de la soledad abrasa, porque puede ir acomodando sus formas con suavidad, intentando trasmitir conformidad, dentro de un cínico y siniestro engaño.

Al final de nuestro caminar, frente al último reflejo de la vida, nos encontramos con nuestra auténtica realidad: “la soledad”, aquella que trata de no abandonarnos nunca, poniendo especial empeño en erigirse en compañía, hasta el final de nuestras vidas.

                                                      Pilar Cruz González.

    Sobre Pilo Cruz

    No me gusta complicar lo que considero sencillo. Estoy en perpétuo estado de aprendizaje. Aún tengo muchos sueños por cumplir, y disfruto de los que ya soñé cuando anduve despierta. Aprendo cada día mirando a los ojos de quien me mira, escuchando palabras no habladas por mi, y sintiendo el sentir de los demás. Soy un aprendiz de la vida...

    Un comentario en ““La soledad en el ser humano. Desde la época fetal hasta la vejez”.

    1. Verónica

      Me gustaría comprar este libro y no soy capaz de encontrarlo por ningún lado, ¿dónde podría adquirirlo? Gracias. Un saludo.

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