Mi amigo Pedro…

MI AMIGO PEDRO.

 

 

Un 23 de Noviembre de 1954, Pedro me apartó de él, y no por despecho, sino por el intento de ganarse mi confianza. Cuando las aguas de un cielo enojado caían sin piedad, me lanzó a un mar enfurecido, y a medida que me alejaba de la orilla, percibí cómo unas cuantas lágrimas brotaban de sus ojos, mojadas en una sola esperanza: Yo.

Comprendí que él lloraba por ella, pero yo lloraba por él, porque sabía que la responsabilidad de que todo saliera bien recaía sobre el buen estado de mi cuerpo.

Reconozco que no me disgustó la inmersión, porque en realidad siempre he vivido entre fluidos, lo que me proporcionó cierta serenidad en aquellos instantes.

 

El día que tuve que navegar por esas aguas, mi espíritu aventurero desplegó las alas que habían permanecido atadas a la desidia años atrás. El baile que mantuve con las olas me provocó estar bien despierta, comprendiendo quizás cuál era el propósito de semejante danza: llegar a ella, a María del Rosario Piquer Lomas, la cara dulce que se reflejaría en mi cuerpo, la belleza de una mujer auténtica, todo lo contrario a mi, que podía tener “solera” pero no un cuerpo de mujer. Sin saberlo de antemano, Maria del Rosario se convertiría en el barco anclado a la esperanza, un lugar en donde yo no sería un simple naufrago, sino una excelente invitada de honor.

 

Tiempo atrás, en una ocasión especial en la que Pedro, -mi amigo- miraba fijamente mi cuerpo inmóvil, me confesó algo hermoso: “Amiga mía, las almas gemelas deben fundirse en un acompasado baile de común sintonía para permanecer siempre unidas. ¿Dónde se encontrará escondida la mía?”. Pobre hombre, un enamorado del amor al que el amor no le correspondió en su día.

Puntualizaré que Pedro fue cartero de vocación y profesión, el cartero de “Cabo del Naufrago”, una isla perdida de la mano de Dios, su hogar, y el lugar en el que hizo una promesa: “Jamás me marcharé de aquí, porque yéndome me moriría”.

Aún recuerdo de manera especial, el día que decidió guardar a quien había sido su fiel compañera de aventuras durante todos los años de trabajo: “su cartera”, una mochila de dimensiones considerables en donde transportaba las cartas que hablaban de penas y alegrías, de amores y odios, de sueños o pesadillas, cartas que mostraban la vida de quienes las escribían.

 

La jornada diaria de Pedro transcurría con una serena normalidad, llevando “papeles” repletos de mensajes, de un extremo a otro de la isla, con una bicicleta que se caía a trozos cada vez que la utilizaba, y compartiendo su mundo con los destinatarios de esas cartas de ilusiones. Pero, en un momento dado decidió olvidar su oficio de “repartidor de noticias” porque su vida se encadenó a un sin vivir, cuando “ella” apareció en la isla. Ella, una turista que buscaba un hermoso lugar donde descansar sus problemas y estabilizar su ajetreada vida, se acomodó en el corazón de Pedro depositando en él toda su delicada ternura.

Pero cuando los acontecimientos parecen marchar por un camino recto, surge algo que provoca desviarse hacia salidas decisivas, algo que ocurrió días después de la arribada a la isla de ésta bella dama, quien tomó su barco para buscar otro rumbo que le anclara en otro mar alejado del que había visto nacer a Pedro.

 

…Y ocurrió lo inevitable. Mi amigo llevó su corazón a la deriva de la pena, ahogándose en un triste desamor. Su mirada perdida le obligó a probar el dulce néctar que le daba cuerpo a mi nombre; después de ello, con la mente derrotada, pensó que podía catar ese mismo néctar en “otras” similares a mí, pero no tan apetecibles como yo, porque de mí exprimió toda mi esencia, consiguiendo tan solo emborrachar su vida con el agrio y amargo sabor del amor no compartido.

En los días en los que la tristeza embriagaba su desconsuelo, Pedro recurría a mí cautivado por mis encantos, y tomándome sin medida, se deleitaba con mi sabor.

Recuerdo en una ocasión en la que tras dejarme “vacía”, bajo los efectos del alcohol, me brindó un bonito ramillete de flores blancas que adornaron graciosamente mi delicado cuerpo, algo que me incitó a pensar que el ánimo de Pedro comenzaba a serenarse.  Así fue, durante un espacio de tiempo, más o menos prolongado, no vi más en él los efectos que le provocaba la bebida.

Como agradecimiento a lo que yo le ofrecía, en los momentos en los que le embargaba la pena, empezó a regalarme flores a diario, flores que alegraban mi insustancial espíritu y animaban el apagado ambiente de la sala en donde veíamos pasar los días.

 

Pero un día, mi amigo, cayó de nuevo en las manos del alcohol, y la tristeza volvió a tomar prioridad en el hogar de Pedro, olvidándose de que yo existía, y descuidando mi aspecto, el cual se deterioraba al marchitarse las flores que tiempos atrás me vestían alegre.

Confieso apenada que, dejándose llevar por un lastimero estado de abandono, me sustituyó por “otras”, retirándome de su habitación para dejarme aislada, dentro de un solitario cuarto trastero que olía a humedad. Supe que ya no era necesaria para él, que todo lo que le podía dar se había terminado, pero aún así, me mantuve siempre a su lado, fiel a mis sentimientos sinceros, y esperanzando su amarga tristeza con un marchitado ramillete de flores.

 

   Pero el bueno de Pedro, vestido con un alma pura en un reflejo de lucidez,  para limpiar su conciencia del afligido abandono al que me sometió en horas bajas, me trasladó finalmente a la noble mesa del salón, y tomándome entre sus manos, sabiéndose generoso, depositó sobre mi cuello un hermoso ramo de flores que desprendían un olor a amistad: la suya y la mía.

 

Sé que no soy todo lo bonita que me hubiese gustado ser, pero él en su afán de adornarme para animar y aromatizar el ambiente, me lo hacia creer.

Recuerdo un día, en el que sentado frente a mí, me miró fijamente, perfilando mi esbelta silueta, acariciándome con sus manos, y retirando todas las impurezas que el paso del tiempo había ido depositando, a su antojo sobre mi; esa sensación fue agradable, intensa, pues Pedro hizo sentir vida a mi “cuerpo” inerte.

Sintiendo su pena, recabé en que era tanto lo que me daba, que yo no podía consentir verle tan solo en un mundo falto de comunicación con personas reales como él, no con amistades como la mía, que al fin y al cabo perjudicaban seriamente su salud.

Por ello, urdí un plan, algo perfectamente trazado que devolvería a su vida la felicidad que tanto necesitaba, apartando de él la desgana y la desidia, unos huéspedes molestos que alteraban su estado de ánimo.

No podía claudicar en el intento, y con mis simples armas de seducción, provoqué su atención consiguiendo que me mirase. Por fin tenía la clave para poder ayudarle, y sabía cómo conseguirlo. Entonces recordé que Pedro fue cartero, algo que le permitía mantener cierta conexión con el mundo de las palabras. Él solo tenía que escribir una carta –su carta-, yo me encargaría del resto. Y ocurrió…

El reflejo de sus ojos sobre mi cuerpo le hizo reaccionar de manera inmediata. La telepatía de nuestra sincronizada amistad había funcionado, y tomándome entre sus manos, en un alarde de complacencia, me acercó hacia sus labios depositando un beso acompañado de una frase que se dejó percibir: “Gracias amiga, en ti puedo ver el auténtico reflejo de mi persona”.

De inmediato, Pedro, como si hubiese olvidado algo, salió fuera de la casa, para reaparecer por la puerta al cabo de unos minutos. Me percaté de que entre sus manos había una flor escondida, una flor con el blanco más puro que jamás había visto, una flor que esperaba impaciente mi hospitalidad. Sonriendo me la ofreció, y sin oírme, cuando se acercó a mi, le susurré algo: “Gracias amigo, porque me das la vida que me falta”.

Así pues, Pedro tomó un bolígrafo y una hoja algo amarillenta, debido a los signos crueles del tiempo, y cerrando sus ojos, con el fin de descifrar lo que querían comunicar sus palabras, comenzó a escribir…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                   Cabo del Naufrago  

 

                                                  22 de Noviembre de 1954.

 

Estimada María del Rosario:

 

Durante años tuve la suerte de entregar ilusiones a cientos de personas que confiaron su suerte a la mía, gente que buscaban palabras que alimentasen su felicidad, y ahora, por las señales del destino, soy yo quien escribe esta carta, a la espera de recibir, con ella, lo que ofrecí tantas veces: hermosos sueños.

Mi corazón se rompió cuando te fuiste, dejándome en la más absoluta soledad al no poder comprender bien el por qué de tu marcha. Aún late con la esperanza de sentir el tuyo.

Solo te pido que, si este pedazo de papel llega a tus manos, tomes el rumbo que te marque tu mar, para que sepas llegar a mi mar.

No sé si llegará, pero sé que perdería demasiado si no lo intentase, porque confío en la suerte y mi suerte fue conocerte.

Dejo que mi fiel amiga -la que supongo tendrás junto a ti, si es que estás leyendo estas líneas-, haga de mensajera para que el deseo de verte se haga realidad. Ella me entregó su “esencia” de vida cuando a mí me faltaba la mía. Ella es, ni más ni menos, un magnífico whisky de primera, con noble cuerpo, vestido por una bonita botella que adorna de rosas mi alegría. Cuídala. Es mi botella, la que acompañó a mi soledad cuando estaba sola, y a quien le brindé las flores que me recordaban a ti. Puede ser que veas en ella tan solo una botella vacía, pero te aseguro que en su día supo llenar de sueños mi cansado corazón.

Si vuelves a Cabo del Naufrago tráela contigo para que esté de nuevo conmigo, decorando mi mesa y llenando el vacío que dejó su marcha.

Prometo tener preparado un hermoso ramillete de flores blancas que os brindaré a las dos.

 

Tuyo por siempre.

 

                                         Pedro Quesada

 

                                    (Cartero de Cabo del Naufrago)

 

 

                         

 

Mi amigo Pedro tenía razón, Maria del Rosario merece la pena cualquier esfuerzo, por duro que sea.

Viendo la felicidad en su cara, después de leer la carta que le escribió Pedro, reconozco que me siento satisfecha, porque logré mi cometido gracias a la confianza que él depositó en mí, aún sabiendo de mi fragilidad. Pero fui yo, realmente, quien intuyó que podía conseguirlo, a pesar de las dificultades a las que me tuve que enfrentar.

Ya todo quedó atrás. Llegué a buen puerto, y ahora me espera un mundo diferente al que viví, un mundo en el que el amor dirigirá el destino de quienes un día creyeron perderlo.

Mirando detenidamente a Maria del Rosario, mientras acaricia mi contorno, observo que es bonita, y que en sus ojos hay un claro reflejo de honestidad, algo reconfortante que me hace pensar que no fue en vano pasar por los miedos y penurias que viví en las aguas de aquel brutal mar, unas aguas que quisieron derrotarme sin misericordia. Ahora sé que el amor y la amistad fueron la mejor miscelánea para sobrevivir en ese enfurecido océano.

 

 Pedro se merece todo lo que pueda hacer feliz a su corazón; yo, al carecer de él, puedo poner en peligro mis fuerzas, pues no sufriría de una común muerte humana, sino de una fractura física difícil de recomponer pues, quien me conoce sabe que el cristal es un material efímero que tiene una sola vida, pero la mía ha sido brillantemente dura.

Acepto mi tozudez y obstinación por conseguir las metas que me propongo; tal vez la composición etílica que alimentó mi estómago durante años fuera la causante de ello, lo cual, no reconociéndolo como un defecto de fábrica, intuyo que es una virtud que me honra. No es vanidad saberme dueña de un excelente “poso” que da prestancia a mi cuerpo…

 Soy una empedernida sentimental, a pesar de que la sombra de lo que pudiera representar mi corazón no quiera latir de la misma forma que lo hace el de mi amigo Pedro, con un bombeo inagotable que le permite lograr el milagro de estar vivo…

He permanecido inmóvil -pero no ausente- antes de ser destapada, algo que me ha dejado ver a través de los ojos de quien se acercaban a mirarme, permitiéndome conocer a las personas mediante el fondo de sus pupilas. A veces las miradas parecían embriagadas, lo cual me asustaba notablemente porque su evidente inestabilidad podía hacerme añicos; sin embargo, otras muchas me proporcionaban calma y estabilidad, y, todo ello, en su conjunto, me ha servido de aprendizaje para ser como soy: una botella de categoría con un magnífico buqué.

 

Y ahora que las aguas se han calmado y que parece que el retorno al hogar es inminente, mi bienestar parece fluir con normalidad.

Necesito archivar los instantes que ayudaron a calentar mi cuerpo frío, y a pesar de que el tiempo no haya querido correr demasiado, y que el ayer sigue estando en mi presente, emprendo un camino en el que mi identidad sellará un amor marcado con hermosas flores blancas.

Minutos antes de partir, camino a Cabo del Naufrago, en “el ferry de mi salvación”, envuelta en una toalla perfumada con aroma de lavanda, e introducida en una maleta adornada con dibujos florales, puedo recordar a Pedro con emoción: “Gracias, amigo, porque tu confianza hizo que yo confiara en la mía”.

Noto que el mar juega conmigo balanceando suavemente el equipaje en donde estoy protegida, pero no tengo ningún miedo porque ella, Maria del Rosario, me cuida como si de su vida se tratase, y tapada entre aromas de lavanda, pienso que quienes somos más insignificantes, en ocasiones, podemos llegar a ser los más grandes, y mi hazaña lo dejó patente.

          

                               

Pilar Cruz Gonzalez

Sobre Pilo Cruz

No me gusta complicar lo que considero sencillo. Estoy en perpétuo estado de aprendizaje. Aún tengo muchos sueños por cumplir, y disfruto de los que ya soñé cuando anduve despierta. Aprendo cada día mirando a los ojos de quien me mira, escuchando palabras no habladas por mi, y sintiendo el sentir de los demás. Soy un aprendiz de la vida...

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