El diván…

EL DIVÁN

 

Hoy acudo a mi cita de la semana antes de lo habitual, y el motivo no es otro que el de haber encontrado un magnífico sitio donde aparcar mi coche.

Dispongo de sesenta minutos para que el dichoso ticket de la hora cumpla con  la función de no pasarme ni un segundo por mi estacionamiento. Tengo ese tiempo para exprimirlo y dedicármelo en exclusividad, y lo haré porque aprovechar el jugo de lo que considero elemental es una lección aprendida de la vida.

La suerte de haber podido aparcar delante del portal, justo hoy, martes 23 de Diciembre, en el que las calles están abarrotadas de gente, lo considero una señal victoriosa a mi favor, algo que incluso aplaca mis nervios y afloja el nudo del estrés diario.

Cada día que vivo sumo puntos a mis prisas en una carrera de obstáculos en la que no logro avanzar ni un solo puesto, más bien retrocedo intentando adelantar a mis dificultades, y como mi obstinación por conseguir avanzar es inútil desgasto un tiempo valioso. Se que no me confundo en mi determinación y reconozco que no me gusta demasiado mi lugar en esta carrera de superaciones que resulta ser la vida; de buen agrado daría el relevo a otra persona, pero ocupar el puesto que tengo en mi esfera profesional es una decisión tomada únicamente por mí y elegida como tal, por lo que he de asumirla con la responsabilidad que se merece.

No me conformo con ser un psiquiatra mediocre, un vulgar “loquero”. Me preparé durante años para ser bueno por lo que aplicando aquello que he ido, y aún voy,  aprendiendo me siento lleno, de lo contrario si no aprovechase mis posibilidades de generar el bien a otros me invadiría un vacío absoluto, y como profesional he de “dar” sin esperar nada, pero reconozco que como humano que soy “espero” de la generosidad de la vida, aunque de ello no sea del todo consciente; y esa es una de las razones por la que estoy aquí, puesto que mis emociones no excluyen un corazón que late al compás de su sentir.

La realidad es que lo que percibo de mis pacientes es más intenso que aquello que yo les pueda a ofrecer, por lo menos desde mi personal enfoque, al fin y al cabo yo les aporto seguridad y ellos me brindan sus sentimientos, lo más grande que podemos ofrecer y la más difícil “entrega” del ser humano.

Mi proceso vital se desvincularía del deber cumplido si no hubiese llevado a cabo el pacto que hice en el momento de tener el título de “Doctor en Psiquiatría” entre mis manos: el de ser un buen profesional. Por eso, una vez concluidos mis estudios comencé a ejercer como psiquiatra, y no lo hice apoyado solamente por la sabiduría adquirida de libros y libros amontonados en mi mesa, sino por la sabia docencia que mi padre me inculcó de su estudio -o pasión- por el complejo pensamiento humano, todo ello sustentado por una enseñanza de amor, confianza y estabilidad que en mi atmósfera familiar se vivía, resultando ese confín de humanidades algo que apoyó a mi mente en lo que fue su andadura por el conocimiento psíquico, convirtiéndome en un profesional cualificado acompañado de un buen soporte emocional; en el fondo, mi fragilidad es flagrante cuando las emociones hablan, y no me avergüenza confesarlo.

Mis padres y mis hermanos –con su modesto, y no menos intenso, modo de vida- me demostraron que un ropaje de felicidad y un buen equipaje de amor serían el faro que guiara mi rumbo, sin necesitar llevarlos a la deriva para salir a flote de un naufragio desdichado, lo que me llevó a entender que si la desgracia, en circunstancias concretas, invadiese mi animo sin remedio, y la infelicidad acompañara a mi navegar, supiera anclar firmemente mis convicciones espirituales para afianzar mi camino. Y así hice.

 

Mi amigo Fausto, un navegante sin rumbo fijo, un lobo solitario libre de ataduras emocionales y encadenado a un materialismo que le aprisiona a la tierra, me avisó hace tiempo del peligro que conlleva sobrecargar la columna que soporta el peso de nuestro comportamiento, descubriendo -en ese pilar-, una verdad oculta escondida, difícil de reconocer para quienes creen poseer una seguridad absoluta.

Entiendo que su mensaje -tamizado por el colador de la amistad y el afecto-, iba dirigido especialmente a mi, en relación a la cita semanal de los martes, en donde las sesiones reflexivas dirigen mi pensamiento para encontrar las riendas de lo que permanece desbocado en mi interior, y que no sé describir como algo racional sino como un tesoro que escondo en el rincón de lo intocable, por el miedo a tocarlo y destruirlo, algo tremendamente valioso, como son mis recuerdos y mi anclaje de vida.

 

Mi vida se estructura alrededor de los “sanadores de mentes”, como lo fueron mi abuelo Matías y mi padre, “pseudo-psiquiatras” de corazón -que no de estudios- y, “amigos-confidentes de los problemas”.

Ambos, con su sola presencia y su especial paciencia, normalizaban los desajustes mentales a personas desequilibradas o desorientadas de sus realidades, atendiendo a sus indefensos corazones -inhibidores de afectos- que se negaban a desvelar un acompasado latido de vitalidad oculto tras de sí.

Mi capacidad intuitiva pudo descifrar la labor de mis progenitores, como la de fieles amigos del “enemigo número uno” del ser humano –los problemas-, algo que nos prohíbe ser felices en profundidad, y aquello que generamos de motu propio o que nos viene impuesto, enturbiando una claridad vital.

 

Hoy es martes, uno de esos días en los que el diván que preside mi despacho se convierte en mi “confesor”, en el objeto sublime que me acerca  a mi Dios, al Creador de mi espíritu. Descansar sobre su confortable cuero, de suave color verde, facilita la tarea de sanar mi alma confesándome ante él, cual confesor fuera, con la esperanza de oír a mi conciencia, rescatada de un subconsciente dormido, en una sintonía magistral de armonía con Dios.

Siento que su presencia abre mis canales espirituales adormeciendo mis penas y despertando mis alegrías, porque en el fondo soy un infeliz que desea conseguir cierta felicidad para trasladarla a personas que confían en que mi tratamiento les procure seguridad y estabilice sus inseguridades.

Sé que mis problemas pueden llegar a anular mi tranquilidad y, en ocasiones, debido a una saturación mental, sumada a un agotamiento físico, llegan a inundarme alejándome de una merecida paz, pero entiendo y asumo que es algo con lo que he de convivir.

Por eso estoy aquí, tumbado en el diván con el propósito de desalojar a ese molesto huésped -los problemas-, que camina conmigo de manera próxima, y que se convierte en el auténtico enemigo “number one”.

Los martes, en mi consulta, -un espacio creado por mí para los demás-, abandono mis sentidos a una buena meditación, imponiéndome un tiempo para pensar en quienes ocupan gran parte de mi vida -mis pacientes-, y en mí, por supuesto. Ellos son personas libres con la mente encarcelada a la inseguridad, con unas expectativas de futuro parcialmente anuladas por una psicopatología que enferma, cruelmente, sus ilusiones. Mi objetivo es aproximarme a su esencia, a través de sus parcas o desorbitadas palabras, con la intención de que consigan endulzar lo que les amarga su vida, ni más ni menos.

Entre todos ellos recuerdo especialmente a Javier o “Javi”, como así quiso que le llamase para retirar cierta distancia conmigo que le impidiera “abrirse”, algo que acepté como excelente vía para adentrarme en su razón. En una sesión en la que comunicó un agudo dolor emocional, me confesó que las personas que se encontraban en la misma situación que él, eran corazones solitarios que buscaban una razón para sobrevivir en un mundo en el que las fronteras las delimitaban sus miedos. Javier supo traspasar esa línea divisoria para descubrir una vida que buscaba sin cesar, encontrándola finalmente en el camino de la esperanza, y rescatándola del escondite que su mente creó para ella.

Javi me enseñó que las personas que necesitan sanar su psique, permiten abrir sus corazones a raudales para buscar una felicidad que supla sus carencias, sin miedo a sentirse desnudos ante sus emociones, retirando un ropaje que disfrace una engañosa curación.

 

Maribel, una mujer en la frontera de los sesenta años, trabajadora desde niña, y acompañada, únicamente, por el fantasma de la viudedad, se ancló a un pasado que no le permitió madurar consecuentemente. Actualmente vive una ilusoria “juventud” marcada por los signos propios de los años, las arrugas y los surcos en la piel, que hablan de sueños rotos y subidas por la costosa pendiente de la vida, revelando con ellos la autenticidad de su edad, la de una mujer aprisionada por un tiempo desajustado a su realidad, en la que su patología mental es el auténtico juez de sus desvelos ocultos.

 

Y qué puedo decir del bueno de Manuel, un bonachón con una mente infantil arropada por una disfunción motora en sus piernas, que le impide ajustarse al patrón de una cruel sociedad que cierra las puertas a su buena voluntad para abrírselas a sus miedos e inseguridades. Si Manuel consigue avanzar con sus capacidades, que no con sus piernas, logrará ganar la batalla a la pena y a la angustia, y despertará los sueños dormidos para adormecer sus pesadillas. Lo conseguirá, y yo estaré ahí para verlo, porque se lo prometí y porque no se merece otra cosa que no sea algo hermoso, pues lo verdaderamente sublime de él reside en su interior.

 

No puedo obviar a Marta, una bella mujer a la que su fragilidad emocional le induce una labilidad emocional que derrama lágrimas en una vida caótica, sin timón que la conduzca como es debido. Ahí estoy yo, para hacerla ver su “norte” y orientarla hacia buen puerto.

 

Mi recordatorio especial es para Marisol, esa niña – madre que un día jugó con muñecas y se encontró, en su regazo, con una muñequita real de carne y hueso fruto de la inconsciencia de un amor adolescente libre de cadenas y de “protecciones” debidas… Marisol creció al tiempo que lo hizo su pequeñina, pero con la soledad del abandono de su príncipe, quien un día la convirtió en una princesa de cuentos rosados.

 

Es hermoso comprobar cómo dentro de sus personales espacios me han permitido involucrarme en sus vidas, esperando que yo les enseñe a encontrar lo que les suponga necesario para vivir decentemente, con un cierto orden mental que les proporcione una vida ordenada.

Lo que no saben, ni sabrán, es que no me deja de sorprender la capacidad de supervivencia que tienen en un mundo que les acota la esperanza. Soy psiquiatra pero ante todo soy persona, y traspasando la línea que el diván impone, he de confesar que cada uno de mis pacientes, abriga mi vida con un calor de especial ternura.

El Tratado que escribí tiempo atrás sobre la Génesis de la Depresión -que publiqué el año pasado con un notable éxito- se lo debo exclusivamente a ellos, y es a ellos, precisamente, a quienes se lo dedico, porque sus procesos mentales me han puesto al descubierto parte de las conexiones laberínticas que flotan por la mente humana, y los posibles salvavidas que ésta elige para ser salvada de un atormentado ahogamiento. Nadie está exento de sufrir algún que otro síntoma depresivo a lo largo del calvario de la vida.

 

Tengo un caso clínico magníficamente dispuesto para un estudio completo de las complejas variantes en el comportamiento humano. Se trata de dos hermanas gemelas bibítelinas, es decir, “anidadas” en óvulos independientes que les ha permitido ser diferentes, tanto en su aspecto físico como en su enfoque personal de vida pero con la particularidad de haber sentido, y vivido, prácticamente lo mismo durante los 7  meses y medio que duró su gestación; y digo bien, porque desconozco si ambas oyeron de su madre algo único que les hizo sentir idénticas sensaciones. Pienso que cada una de ellas archivó, en sus incipientes mentes, recuerdos intrauterinos que se proyectaron en una vida futura paralela. Confieso que supuso para mi un regalo del cielo conocerlas.

Una es el ying, y la otra el yang, una es el blanco y la otra el color negro, María es rubia y Magdalena su antítesis, morena como el azabache. Las dos, como bien indican sus nombres, son almas vinculadas al tiempo que ocupó el auténtico sanador de la mente, Jesús, y, por ese rasgo vital, las proyecto con una fuerza especial que traspasa mi sentir.

No debiera decirlo pero me fascina la profundidad que reflejan sus percepciones: cada una en su mundo y cada una en su vida, me han brindado sus vivencias de amor y desamores, me han enseñado cómo dos caminos opuestos, enfrentados en ocasiones, convergen en una única realidad, en un solo y fascinante compendio de virtudes y defectos, porque ellas dos solitas son capaces de generarlos sin ayuda alguna, sumando entre las dos un complejo “todo en uno” como un buen lubricante para los inconvenientes.

 

Hoy es martes y tengo una hora para pensar y descargarme de la negatividad que oscurece mi mente -no me gusta autocompadecerme-, y siguiendo los consejos de mi buen amigo Fausto detengo en seco mi vida para dedicársela especialmente a mi humilde persona, o más bien a mi enredado pensamiento.

En ocasiones, confieso que no me gusta tumbarme en ese diván tan próximo a mí, pues tanta cercanía me aleja del propósito con el que vengo aquí todos los martes, el de relajarme a conciencia sin perder el poco tiempo del que soy dueño, aprovechando cada minuto que me regala su confortabilidad.

El diván me  trasporta a mi pasado, alejándome de mi futuro y deteniéndome en mi presente, en donde los fantasmas del recuerdo aparecen proyectando emociones intensas. Quien ha sido feliz de niño regala tiempo de evocación a quienes les proporcionaron ese bienestar, y yo, gracias a mi felicidad, pienso en quien me la otorgó, mis padres y hermanos.

Mi padre fue figura relevante en su pueblo “El Encinar del Monte”, gracias a su bondad y a su cercanía hacia los paisanos, siendo, ambos valores, herramientas indispensables para el bloqueo de problemas.

Era impresionante cómo ésta gente abría sus puertas para conversar con él unos minutos, resultando esa comunicación más que suficiente para acercarse a una paz ansiada.

A mi padre le querían porque era auténtico, sin dobleces, transparente. Murió hace veinte años, justo cuando yo alzaba el vuelo para alcanzar sus alas, esas alas que supo utilizar con la más absoluta libertad del saber. Ajeno a una vida opulenta en materialismo se acercaba, con su mente sana, a mentes enfermas y doloridas; al fin y al cabo, “Los problemas,  cuando se alimentan de nosotros nos comen. No hay que cocinarlos de manera especial pues al natural ya mantienen su auténtico sabor”, eso aseguraba Braulio, el bueno de mi padre.

 

Aquí, en el diván, entumecidos mis músculos de manera voluntaria, dejo en libertad mis problemas para saber qué tipo de atadura me liga a ellos. ¿Quién es el valiente que reconoce tenerlos cuando cree estar libre de ellos? Lo sé porque conozco, o creo conocer algo la mente, porque he intentado estudiarla desde su principio, pero sin encontrar un fin que desvele sus entresijos.

Mi padre hablaba de los problemas como un alimento que engulle al ser humano al ser tragado, y jamás me dio la receta para mantener los problemas “al dente” evitando una mala digestión; y aún así, con su sabiduría, aprendí a “cocinar” en su punto aquello que pudiera resultar intragable para muchas de las personas de a pie que intentamos sobrevivir de un molesto desasosiego.

Pero he de reconocer que no todo el trabajo de “cocina” era asumido por mi padre, pues mi madre, como buena “pinche”, mano derecha y compañera de su marido, matizaba el sabor de la amargura con un dulce toque, justo lo que necesitaba mi padre para seguir ejerciendo de “confesor” de angustias y quiebros mentales, de sanador de almas en pena.

Magnífico compendio culinario para un saber “cocinar” vocacional como el mío, pues su sello de voluntarioso “sanador” hizo mella en mi vocación de psiquiatra, todo un arte que se precie de sabio.

Mi padre, erudito en humildad, sabía que ese don sería el mejor legado para sus hijos y en especial para mi -seguidor de sus enseñanzas-, entendiendo, con la docencia de su ejemplo, el por qué llora el corazón cuando lo quiebra el amor, por qué la soledad se acompaña de la pena cuando siente desolación, por qué necesitando conocer lo que es importante para nosotros, se desconoce lo esencial, lo que resulta verdaderamente auténtico y vital. Desde luego, todo un ejemplo de maestría en los valores de la vida, en la sencillez del amor.

Él jamás se acompañó de un diván que le sirviera de vínculo con quienes precisaban de su ayuda. No le hizo falta. El diván de sus palabras era el único camino para conseguir llegar a quienes le buscaban. Sus palabras mudas, o las que hablaban con el conocimiento de quien sabe y aplica su sapiencia, eran su auténtico recetario de bálsamos, indispensable para las curas de quienes creían estar enfermos, o de los que creyéndose cuerdos aflojaban su mente a los delirios.

No pudo estudiar para conseguir un título que le definiera como “psiquiatra”, pero si que estudiaba la forma de conseguir alimento que llevar a la boca de toda una familia, donde la cabeza era él, a pesar de su juventud. A sus espaldas, y bajo su responsabilidad, tenía cinco hermanos y una madre “ausente”; como él decía, ausente por la enfermedad de la locura.

Sabía que sus hermanos le adoraban, que dependían exclusivamente de él, pero jamás tuvo la suerte de conocer si su madre también le quería, o por lo menos no había manifestación alguna de que así fuese. Intuía que podría ser, pero siempre dentro de su solitario corazón.

Mi padre nunca me lo dijo, pero se que su madre fue pieza clave en su afán por llegar a la mente humana, ya que a la de ella jamás llegó.

Mi abuela murió cuando su hijo rondaba los veinte años, dentro del más absoluto silencio del pensamiento y del cariño apagado. Tras su muerte, mi padre dedicó su tiempo a encauzar a sus hermanos para que anduviesen por el camino de la razón y del sentir, alejando de ellos cualquier atisbo de incomunicación con el mundo exterior, un patrón aprendido inevitablemente de su pobre madre.

En el pueblo se decía que “la loca” murió muda, pero según yo pude entender -desde la lejanía de los años-, es que ella dejó de hablar porque prefirió callar un día al no saber qué decir.

 

Un “trozo de papel” -como él lo denominaba-, no era lo más importante para poder aplicar su bondad; en cambio, yo si que logré mi título “Doctor en Psiquiatria”, y lo hice por él, por mi padre, por inmensa la ilusión que depositó en mí.

 

En mi despacho hay un diván, desde donde hablan las penas y el fantasma del miedo de aquellas personas que confían en mi profesionalidad.

Tengo cientos de títulos que acreditan “mi sapiencia”, pero todo aquello que él me enseñó -su amor por la mente y por el ser humano- no tiene suficiente cabida en ninguna pared, en ninguna estancia, pero sí en mi corazón.

Porque le prometí que ejercería mi vocación desde la coherencia y el buen saber, y por mi propia salud mental, me regalo los martes para revisar aquello que permanece pendiente y que solo yo soy capaz de ver. Cuando estoy en ese estado de relajación puedo acercar mis recuerdos a la figura de mi padre, con un agradecimiento eterno, sin pausas, sin interferencias que puedan desorientar mi propósito.

Ahora es mi momento, el de limpiar mi mente para no ensuciar la de nadie más, para conseguir hacer un trabajo “limpio”. Mis pacientes merecen eso y mucho más, así que despejaré mi pensamiento para atrapar la libertad de ser libre para pensar.

 

El coche está aparcado en buen lugar. Mi familia ocupa un lugar importante en mi vida. Mi mujer y mis hijos me posicionan en un lugar preferente de su cariño, y yo he elegido con libertad el lugar ideal para pensar.

 

El diván está preparado para mí, como cada martes, con la tranquilidad de que las cosas importantes, desde mi personal enfoque, están en su lugar, en el espacio que yo he elegido para ellas, donde quizá le corresponda.

Con una discreta serenidad me dispongo a entrar en la morada de mi alma, allá donde los ruidos no tienen sonido y donde la paz me envuelve.

 

Mañana Dios dirá…

 

 

Pilar Cruz Gonzalez

Sobre Pilo Cruz

No me gusta complicar lo que considero sencillo. Estoy en perpétuo estado de aprendizaje. Aún tengo muchos sueños por cumplir, y disfruto de los que ya soñé cuando anduve despierta. Aprendo cada día mirando a los ojos de quien me mira, escuchando palabras no habladas por mi, y sintiendo el sentir de los demás. Soy un aprendiz de la vida...

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