Intuyo, o más bien sé…

 Intuyo, o más bien sé…

(Reflexiones maternales en el Día de la Madre)

 

Pilar Cruz González

Terapeuta Ocupacional y Escritora.

 

Mi única señal de identidad es la que está presente en mi día a día, la de ser madre, una más de las muchas que moran esta fraternal esfera humana. Mi nombre poco importa en momentos como éstos, en los que un lápiz, unas cuartillas y un corazón, lideran la expresión del pensamiento. Únicamente manifiesto, con profundas palabras, mi rol de madre, o de mamá, sin duda un soniquete que se me antoja más cercano para quienes lo escuchamos a diario.

Pienso que mi puesto en este mundo, dejando al margen algunos otros que no dejan de ser principales, ha sido el de ofrecer la vida a dos seres que a su vez, sin tener conciencia de ello, han dado vida y sentido a mi propia existencia: mis hijos. Ellos han marcado mis segundos vitales con el amor que les profeso, me han enseñado a ver con los ojos de la ternura y han activado mi corazón al ritmo que marcan sus incontrolables impulsos. Este sufrido músculo –el corazón-, que bien sabe de emociones, en ocasiones se acelera innecesariamente y en otras se enlentece por la pena que embargan sus estremecimientos emocionales.

Recuerdo que cuando vi por primera vez a mis hijos experimenté múltiples y hermosas sensaciones que pudiera ir posicionando, una a una, en la lista que lidera mi vida. Pero si hay algo que evoco con especial ternura fue el sentirlos tan indefensos, tan dependientes y necesitados de mi. Había posado a “mis dos pequeños” en un mundo gigantesco para ellos. Cobijados entre mis brazos, y acunados por mis besos, percibía lo grande que era el amor y las ramificaciones de vida que éste pudiera concedernos a los tres. La extraordinaria generosidad de la naturaleza no había hecho más que asomarse por cada uno de mis sentidos: verles en todo momento, escuchar sus primeras palabras, oler el dulce aroma de su piel, acariciar sus manitas, su cara, y paladear cada instante de sus días, era sin duda el más preciado don que la vida me había otorgado.

…Y ahora, en una fase en la que mis hijos destierran el disfraz de la inocente infancia para llegar a la edad en la que sus cuerpos los ha transformado en la atlética silueta de hombres, y en donde mi visión protectora los sigue reconociendo como seminiños, me convierto en una persona “indefensa” frente a sus inevitables dificultades sociales, académicas y personales. Reconozco, sin tapujos, que  también esculpen en mi una “dependencia” del reloj vital que marca cada minuto de sus vidas, en el acelerado ascenso y descenso de sus sueños y esperanzas. Dependiente (la vida sin ellos no es vida), e indefensa (mostrarles seguridad y fuerza son los dos valores básicos para “defenderles” de lo que ellos hayan de proteger en su presente y futuro), dos claras ramas en donde se posa el  amor que me une a ellos.

Yo, un ser libre, reconozco ser presa de sus inquietudes, carcelera de sus lágrimas, de sus risas, del sentir de su mirada, de la expresión de sus silencios, de aquellos que comunican más de lo que ellos pudieran imaginar. Aún siendo libre, de la misma forma que ellos lo son, no puedo “desligarme” del sutil cordón que me acerca a sus emociones menos perceptibles, aquellas que les hacen sufrir o doler demasiado.

Soy una mujer afortunada porque les tengo desde que amanece el día hasta que la luna me muestra su mejor cara, y ese es sin duda un regalo celestial. Amo porque les amo. Siento porque les siento desde que les mecí en la cuna de mis entrañas.

Intuyo, o más bien sé, que ellos también se sienten afortunados de tenerme a su lado, aunque a veces me convierta en una mera imagen fantasmal que pulula con el cuidado de no hacer demasiado ruido para no ser descubierta, por el bien de una óptima relación; yo también fui hija –y lo soy-, y cuando se es madre se aceptan mejor las situaciones diarias que no se comprenden como uno quisiera. Los hijos tienen la indiscutible necesidad –por muy negada que la perciban- de tener una vida con un cierto orden, aquél que las madres coloreamos en el claro oscuro espacio de su pensamiento, aquél que se les descoloca con relativa asiduidad. Su habitación se alía a un caos que lo convierte en un parámetro irrefutable que mide el grado de desorganización, dueña de emociones puntuales y de su desbarajuste mental. Por mucho que intente pintar  las paredes de su seguridad, deberán ser ellos quienes elijan el color con el que teñir su confianza para adquirir una habilidosa estabilidad.

La ida y llegada de amistades, de amores, de elecciones de profesiones y de trabajos, engalanan otro de su caos más elocuente. Un beso, un abrazo y un te quiero suplirán cualquier charla prolongada y calmará, al menos, uno de los muchos segundos de ansiedad que les persiguen. Una madre siempre está ahí, cuando más te necesitan.

Intuyo, o más bien sé, que mis hijos me quieren, aunque sea a través de sutiles signos de afecto, como un abrazo, que por escaso que sea, dependiendo del tiempo que tengan, será suficiente para calentar un corazón enfriado por la fuerza de los problemas. Un beso de un hijo se convierte en el motor que nos empuja a continuar, quien da las pautas de nuestros pasos y quien frena esos momentos de angustia que gobiernan el desanimo.

…Así somos las madres, quienes no generan dudas a los hijos en cuanto al cariño que se les puede llegar a tener. Me tranquiliza que ese sea un problema menos en su lista de agobios. Te quiero porque sí, no porque espere nada de ti.

…Y por último, diré que intuyo, o más bien sé, que tengo en mis hijos la señal inequívoca de la complicidad: les siento porque ellos me sienten, y viceversa, sin la necesidad de expresarlo con esa frase adornada que tanto les repele: en este espacio emocional cualquier palabra sobra. Nos conformaremos con sentir antes que hablar. De sobra se sabe que las madres quisiéramos que la comunicación se manifestara conjuntamente con un beso o un abrazo, pero las prisas, la vergüenza o el mutismo paralizan cualquier intento de “charla con un excelente café”. Reconozco que los hijos no son tontos, y piensan que es mejor obviar problemas que no alimentarlos más. Paz encubierta para nosotras, y menos agobios para ellos.

Algunos pudieran pensar que las madres sufrimos por dos; yo añadiría que tenemos la suerte de amar por dos.

                                                        (4 de Mayo de 2008)

*Publicado en la revista Toko-Ginecología Práctica. Revista Decana de la Especialidad. Número 698. Mayo-Junio.

Pilar Cruz Gonzalez

Sobre Pilo Cruz

No me gusta complicar lo que considero sencillo. Estoy en perpétuo estado de aprendizaje. Aún tengo muchos sueños por cumplir, y disfruto de los que ya soñé cuando anduve despierta. Aprendo cada día mirando a los ojos de quien me mira, escuchando palabras no habladas por mi, y sintiendo el sentir de los demás. Soy un aprendiz de la vida...

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