La caracola de Lucas…

 

“La caracola de Lucas”

Siempre han dicho de mi que soy un chico único, pero yo me veo una persona corriente. Si hay una cosa que me pone colorado y nervioso es que hablen demasiado de mí. Hay quien me mira diferente, e incluso con ojos de lástima. Mis padres me llaman su ángel, porque aseguran que llegué al mundo para iluminarles la vida. Yo creo que los padres siempre exageran cuando hablan de los hijos…¿Verdad?

Me llamo Lucas y tengo 13 años. Quienes me conocen dicen que soy más maduro de lo que corresponde a mi edad. Algunos se empeñan en decir que estoy en una época complicada, pero para mí es una época mejor que estupenda, porque he conocido a la chica de mis sueños. Se llama Susi, y, aparte de ser la jovencita más guapa que ha pisado la faz de la tierra, es “la nueva de clase”. Cada vez que la veo imagino cómo deben ser los ángeles. Mis coleguitas dicen que me pongo rojo como un tomate cuando la veo. ¿Y qué? Jamás lo reconoceré.

Antes de conocer a Susi era un suplicio ir al colegio, pero ahora, con ella, el mundo parece diferente. No sé si habrán pintado de blanco los muros de la fachada del colegio, porque ahora los veo como más luminosos…Siempre me ha costado levantarme y “ponerme las pilas”, y es que eso de asearse es una autentica pesadilla, pero últimamente soy de los primeros en llegar a clase. Las faltas de puntualidad se acabaron, y con ellas los agobios con la profesora de matemáticas, con la que hemos de hacer ecuaciones para cuadrar las asistencias. Estamos convencidos de que no nos entiende, y que es una solterona resentida. Me  pregunto si  alguna vez se sintió joven.

Hay dos cosas de las que estoy seguro en la vida: la primera, es que estoy “colado” por Susi. Y la segunda, aunque no la tengo tan segura, es que creo que también ella lo está por mi. Hasta hace varias semanas Ricardo era mi mejor amigo, pero ahora somos casi rivales porque él también bebe los vientos por Susi. ¿Tendremos que enfrentarnos a un duelo, como hacen en las películas cuando dos tipos se han de ganar el amor de “la chica”? No me dice lo que siente por Susi, y creo que lo hace para que sigamos siendo amigos. Dice mi padre que por una mujer no hay que perder buenas amistades, porque al final las chicas se van, y los amigos se quedan. En fin, intentaré no hacer ése duelo. Una cosa son las películas, y otra la vida real. En el fondo, Ricardo es un amigo estupendo, en el que confío y a quien necesito tener cerca…Además…¡qué iba a hacer él sin mi si soy yo quien le mete caña y hace despertar!

El primer día de clase, la profe de “mates” sacó a Susi a la pizarra. La pobrecita se quedó muda. Fue una gran faena que se estrenara así delante de todos los compañeros. Doña Rosario, “la calculadora viviente” –ese es su mote, por cómo maneja los números-, la regañó al no saberse la respuesta. ¡Mal comienzo!, pensé yo. Me molestó que la dejara en ridículo, no era justo, y su actitud me dolió más que si me lo hiciera a mi. A Susi se le pusieron los mofletes colorados. Parecía un tomate de los que están a punto de pocharse. Creyéndome su “salvador”, levanté la mano para no prolongar el mal trago de mi pobre Susi, quien en un momento dado me miró suplicando ayuda.  Respondiendo a la pregunta de Doña Rosario, contesté sin titubeos, y encima lo hice bien…”Jovencito, ¿no ves que tengo que corregir a ésta señorita para que sepa cómo ha de estudiar mi asignatura?”. “Enfádese conmigo, no con ella”, le respondí con valentía. Un negativo en mis notas fue lo que saqué de ésa hazaña. Otro negativo, fue para Susi. Pero valió la pena la recompensa: una enorme sonrisa de Susi. Al salir de clase, “mi ángel” me buscó para decirme algo que será recordado como la frase de mi vida: “Eres mi héroe”…Ahí me dí cuenta de que los ángeles tienen voz. Sentí que ya tenía ganada su amistad, pero me quedaba por ganar su amor eterno…

Desde ése día, para Susi soy “su salvador” y, también, desde ése día, no sé por qué, siempre estoy mirando a las musarañas, aunque no sepa definir cuál es el aspecto físico de estos bichos. Mi hermana no para de repetirme: “¡Estás raro, Lucas.¡Estás todos los días colgado de las musarañas!”…

¡Cómo para decírselo a ella! Mañana, sin más tardar, entre sus amigas sabrían lo que siento por Susi, y es que Lorena, mi hermana, no puede callar un secreto, y menos si tiene que ver conmigo. Sé que está muy orgullosa de mi, que me ve “diferente” a sus amigos, de quienes asegura: “son inmaduros, insensatos. Les hacen falta unos cuantos hervores”. Aunque no sé bien a qué se refiere con eso de “los hervores”, la verdad es que me hace ilusión que diga que parezco mayor que ellos, y más porque Lorena es una chica con las ideas muy claras. Está a punto de cumplir los 18, la mayoría de edad, y me ha prometido media docena de viajes con el coche que mis padres le regalen por su cumpleaños, en el caso de que apruebe el carnet. Si hay que pedírselo al cielo, lo haré. Todo sea por esos viajes y por ir con ella. Adoro a mi hermana, aunque ella diga lo contrario. Se piensa que porque critique su manera de vestir y porque la chinche cuando cuenta chismes de chicos, es señal de no quererla. Lorena es un poco exagerada cuando habla a sus amigos de cómo supero mis dificultades. Yo creo que NO lo hago mejor que otros muchos que viven en esta tierra, pero sé bien lo que es superarse día a día sin que los problemas me agobien demasiado. Encima de que tengo que vencer la sombra de la dichosa adolescencia, no debo sumar más problemas a la edad…Restarlos será lo mejor, como hago con las cuentas de “mates”.

Mi madre sabe cómo hacer que yo sea un chico independiente. No me agobia demasiado, salvo cuando no le hago caso en mis obligaciones de la casa. Soy un poco desastre con el orden, y mi habitación es mi campo de batalla. Me llaman el “cocinillas”, y es que sé llenar las sartenes de cosas ricas. Los spaghetti, por ejemplo,  se me dan de miedo. Dicen mis padres que fui “encargado a la carta” en Italia, en un viaje que hicieron cuando yo todavía revoloteaba por el limbo, esperando mi billete de viaje a la tierra. Por eso afirmo que tengo sangre napolitana. Algún viernes, cuando mis padres salen al cine, vienen dos de mis amigos, entre ellos Ricardo, preparados a comerse mis spaghetti a la napolitana. Dicen que son masoquistas, pero, aunque lo sean, dejan el plato tan limpio que luego no hace falta ni lavarlos. No sé si serán valientes, o tan solo amigos hambrientos. No les diré jamás que quien hace la salsa es mi madre, porque si están dispuestos a comerse lo que les ponga en el plato, que se coman también ésta mentira piadosa no será pecado.

Mi padre me ha enseñado a reconocer mis virtudes y también a enfrentarme a mis defectos. Dice que somos un todo formado por cuerpo y mente, y que si tiramos de un lado más que de otro, estamos perdidos. Ha puesto empeño en enseñarme a no creerme ni “diferente” ni “especial”, sino alguien que tiene que pisar el suelo de la tierra, sabiendo que para conseguirlo tendré que poner todo de mi parte. Mi padre suele ser callado, pero cuando habla, sabe “llegarme”. ¿Heredaré yo algún día su pensamiento? Seguramente la manera de pensar como él esté en los genes…Si es así, es una gran suerte.

No tengo ídolos futboleros, como les pasa a mis amigos. Yo solo tengo a mi padre, que sabe cómo estirar las horas del día para atendernos a todos. Él dice que jugamos en el mismo campo: la vida,  y con el mismo equipo: el respeto y la tolerancia.

En la familia tenemos al “amo y señor” de la casa. Se llama Tulo. Es un bóxer que ha crecido al lado de la vida de Lorena y mía. Es como un “hermano” más, aunque alguno de mis amigos no entienda lo que siento por él. “¡Es solo un chucho!”, me dicen. “¿Y qué?”, respondo enfadado. “Es mi perro, con quien paseo y con quien juego en casa. Él es mi mejor amigo”. Tiene 12 años (le gano por uno), y aunque tiene las barbas blancas, sigue siendo muy juguetón. Es a Tulo a quien le cuento mis secretos, lo cual me deja más que tranquilo porque tengo la seguridad de que jamás contará lo que yo le cuente. Confidencialidad absoluta.

Hoy es un día especial. ¡Llegó el día! Nos cambiamos de casa, y estoy como una moto. Dicen que los cambios aceleran el corazón, y el mío va a doscientos por hora. Antes tenía “mi casa”, y ahora tengo “otra casa” que también será mía. Como dice mi hermana, tendremos que ejercitar la mudanza de “los afectos y las emociones”.

Lo cierto es que mi silla de ruedas –mi compañera de vida- es perezosa cuando tenemos que salir a la calle, y más cuando el ascensor no funciona. En este caso, es cuando mi señor padre olvida su paciencia y grita como un poseso al ascensor. Intento calmarle, pero me entra la risa al verle perder los nervios por algo que tiene solución: “Papá, el ascensor no te escucha”.  Pero él no parece escucharme a mi…

En la casa nueva no necesitaremos el ascensor, porque estamos en la planta baja. ¡Aleluya! Creo que ése ha sido uno de los motivos importantes para hacer el cambio.

Una de las cosas que más me gusta en la vida es la independencia, y no tener que tirar de la ayuda de los demás para lo básico, lo esencial, como es bajar a la calle cuando me apetece…Pero, si el ascensor decide “dar la nota y hacerse notar”, me tienen que ayudar a bajar (porque hay muchas escaleras hasta salir del portal), y eso me pone nervioso. Mi madre, para no agobiarme, siempre deja claro “que no pasa nada, que la culpa es del “puñetero” ascensor”. Y sonríe. Me pregunto porqué las madres sufrirán tanto…

No sé si será por la edad, pero me cuestan los “cambios”. A veces hasta me asustan. Y es que me agobio tener que adaptarme a las nuevas circunstancias cuando ya estoy hecho a “mi vida”. Creo que es una de las fragilidades del ser humano, según leí en un libro.

Mi madre se ha encargado de organizar cada una de las cajas que guardan “nuestras cosas”. Reconozco que soy un sentimental, que necesito de aquello que me da seguridad, de lo que me hace sentirme tranquilo. Y una de esas cosas es mi “caracola”. En casa tiene nombre: la caracola de Lucas, lo que pudiera ser un simple objeto para quienes no saben de ella, pero algo muy preciado para mi.

Hoy, mi caracola se mudó a no sé dónde, pero no aparece por ningún lado. ¿Será una señal divina y por ello tengo que romper “sentimentalismos infantiles”? Por aquí dicen que ya aparecerá, aunque mi madre lo dice con la boca chica, pues sabe lo que significa para mi. Mi padre, que es asturiano –de Miéres, como mi abuela-, siempre habla de los “puñeteros duendes traviesos” que nos descolocan los trastos de la casa. “¿Trasgu, dónde has guardado mi caracola?”. Está claro que como me responda me doy por muerto. Sería un monumental susto.

Hoy todo es un desastre. No hay nada en su sitio, porque…¡ya no hay nada! Solo cajas y más cajas con sus nombres respectivos: caja despacho papa. Caja Lorena. Caja sartenes. Caja ropa invierno. Caja libros. Caja, mamá…Caja Lucas, Caja Tulo etc…

No sé si serán tonterías, pero esa caracola me da seguridad. Un día tuve que escribir una redacción para la asignatura de lengua, y la titulé: “La caracola de Lucas”. La profe me dijo que le contara cuál era para mi la moraleja que sacaba de ella, y le dije que ése “rescate marino” me relajaba, oyendo a través de ella la música del mar. Mis amigos, mientras yo leía, alucinaban y abrían la boca; no sé si era por aburrimiento, porque en el fondo soy un sentimental. Ellos leyeron redacciones en donde el futbol era el protagonista. Sé que para algunos pudiera resultar absurdo tal fijación por “una simple caracola”, pero en el respeto está la base de la tolerancia, como dice mi tío Mateo.

No lo he dicho, pero el nombre de mi caracola es MAR. Mi pobre madre, justificando la angustia de no encontrarla, le relataba la historia de “mar” al jefe de la mudanza, quien escuchaba sin perder detalle. Para mí que éste tío tiene un pronunciado lado “cotilla”, o que busca cualquier excusa para escaquearse del trabajo, porque… escuchar el sermón de mi madre… ¡tiene mérito!

 “Verá, no crea que mis palabras son la postura de una madre que intenta sobreproteger al hijo; ni por lo más remoto. Más bien, el repaso de una vida llena de emociones…Recuerdo el día que hicimos a “mar” miembro honorífico de la familia. Era verano, y habíamos salido temprano a darnos un chapuzón. El mar estaba en calma, y el calor era agobiante. Era el primer baño de Lucas, y estábamos emocionados. El primero que vio a la caracola fue Lucas. Iba en brazos de mi marido al no poder mover sus piernitas. La caracola no paraba de “golpear” la mano de mi hijo. Él mismo la tomó del agua y la arropó entre sus manitas. A partir de entonces, la caracola se convirtió en compañera inseparable del niño. A medida que crecía, le proporcionaba calma y seguridad. Se convirtió en un imán de la suerte, un talismán para aprobar los exámenes. Cuando se siente nervioso, acerca la caracola a sus oídos para escuchar el mar, explicándonos que “su sonido” le aleja de sus miedos e inseguridades. Creemos que la caracola de Lucas posee un aureola mágica, única para mi hijo, ése lado misterioso que Lucas necesita para sentirse confiado. “Mar”, siempre arriba en un puerto: la mesa de estudios de Lucas, junto a un cuadro pintado por él: una marina. Días antes de la mudanza, dediqué parte de mi tiempo a salvaguardarla de cualquier movimiento que le pudiera causar daño, y más sabiendo que en las mudanzas algunas cajas “van solas”. Estaba convencida de que ésa caracola nos ayudaría psicológicamente en el cambio de casa. Él creía en ella, por encima de todo. Por ello, cumplí con su deseo: guardarla dentro de una caja que le evitara golpes. Pero hoy no aparece, se ha perdido, y me siento culpable de su desaparición. Los nervios también están embalados en éste camión que traslada “nuestra vida” entre muebles.”

Creo que fueron los nervios los que hicieron que mi madre acabase hecha un mar de lágrimas.

Entonces, decidí buscarla yo, al estilo Sherlock Holmes. “Pruden”, mi silla de ruedas, (la hemos llamado así por “prudente”, porque la pobre es quien aguanta mis nervios y mis continuos movimientos sobre ella), sería mi aliada en ése momento de nervios. Si “mar” me buscó para que la cuidara, tendría que ser yo quien le encontrase. Dicen que la vida siempre da las mismas oportunidades que nosotros hayamos dado a las situaciones vitales, cuando hemos colaborado con ella, y sé que eso mismo me ayudará a encontrar mi caracola. He sido, y soy, un chaval que intenta quitarse los miedos, que vive respetando y asumiendo mis limitaciones, y que me gusta ser independiente en lo que considero capaz para mi. No tengo el beneficio de unas piernas que me lleven de un lado a otro, porque cuando nací decidieron no caminar conmigo, pero estoy habituado a ello. Es mi confianza la que suple el movimiento de mis piernas.

Mi padre dice que aferrarnos a un simple objeto para que nos de seguridad, no es bueno, porque cuando desaparece nos produce congoja, justo lo que me ocurre ahora.

“¿Apareció mar?”, preguntó mi padre mientras cargaba una de las muchas cajas que iban para el camión de mudanzas. Dejando por un instante la caja en el suelo, se sentó a mi lado.  El sudor le caía por la frente. “Mírame, Lucas, no todo en la vida está a nuestro alcance. Una caracola no es “seguro” para tu vida, es tan solo “ese objeto” que has colocado en tu confianza cuando estabas creciendo. Ahora tienes 13 años, no eres ése niño inseguro que necesita de “algo” a lo que aferrarse para afianzar su autoestima. Irás descubriendo que nada de lo que está fuera de nosotros nos da mas seguridad que lo que generemos voluntariamente, y eso tú lo sabes bien porque lo pones en marcha a diario, automáticamente, sin quizá darte cuenta de manera consciente. Vivimos lo que la vida nos permite vivir, añadiéndole fuerza, disciplina, emoción y valor. Aún así, tranquilo, seguiremos buscando a mar.” Me parece que el “sentimentalismo” se lleva en los genes, y mi padre me ha transmitido su carga emocional.

Es verdad, ya no soy ése niño que necesita escuchar el sonido de la confianza a través de mi caracola, pero…¡qué caray, es mi amuleto, y quien me ayuda a aprobar los exámenes, aunque ya no sea un niño!

Tulo, mi perro, estaba nervioso. Tanta gente moviéndose de un lado a otro de la casa le inquietaba. Él también tenía una caja en donde iban guardados sus juguetes. Le acaricié, pero ni siquiera una caricia mía le alivió. Busqué su caja, pero tampoco aparecía…¡Vaya desastre se organiza en una mudanza!, dije en voz alta. No me dí por vencido y seguí buscando la caja de Tulo, y, de paso a mar. Justo debajo de la librería de mi padre estaba colocada la caja de mi perro. Él no podía coger nada suyo guardado;  dependía de lo que yo quisiera hacer. No podía usar su libertad para conseguir cuanto necesitara. Yo sí, y por ello le ayudaría. Ahora los dos éramos algo indefensos…pero en éste juego de la indefensión ganaba yo frente a él. “Tranquilo, que yo te ayudo a que te calmes”. La caja estaba mordisqueada por Tulo, lo cual me parecía más que normal porque debió de olfatear sus cosas. Intentó sacar una de sus mantas, pero no pudo. Para eso me tenía a mi. “¿Quieres tú pelota, Tulo?” Me miraba inquieto. Metí la mano en la caja y noté un objeto duro, punzante. No podía ser…¡Era mi caracola!  Tulo me miró, y yo solté una carcajada. Siempre protegiendo y cuidando a Tulo, y fue él quien protegió lo que para mí era ”mi juguete”. ¿Realmente podía captar el significado de lo que suponía mar para mi? Dicen que los perros entienden el lenguaje de la energía corporal, tanto de quienes sienten miedo al verles o de quienes le cuidan y quieren, y ése día mi energía estaba desequilibrada…Tulo me ayudó a estabilizarla, aunque resulte poco verosímil.

Lo que pasó con “la caja de la caracola de Lucas” fue todo un misterio. ¿Fue un trasgu quien jugó a perderla? La verdad es que no pudimos entender cómo pudo evaporarse de esa forma, y acabar en la caja de Tulo…¿”Guiños” de la vida para entender que no debemos aferrarnos a lo que está fuera de nosotros, sino confiar en lo que podemos generar con nuestra voluntad?

A veces nos proponemos guardar lo que más queremos, y, sin saber porqué, tanta protección nos hace perder lo que debiéramos preservar, siendo, lo que creemos “simple”, lo más importante. Tulo me lo hizo ver ése día.

Hoy mar ha dejado de navegar, de ir un lado a otro para ser mi sombra. Ya no es ése nómada que me ha acompañado a todas partes. Ahora tiene un lugar donde anclar su posición: encima de mi mesa, al lado de la marina que pinté para ella.

Han pasado varias semanas después del “día la mudanza”. La casa me gusta más de lo que podía imaginar porque es espaciosa y cálida. Ya no hay cajas por medio. Todo está organizado para que continuemos nuestro día a día en ella. Mudé mis afectos, como dijo Lorena, a cada uno de los espacios de éste lugar que acogerá parte de mi historia de vida

Ricardo y yo hemos quedado para dar una vuelta por la calle con Tulo, para que se vaya habituando a la zona. Después nos esperan unos suculentos Spaghetti a la Napolitana, ésta vez hechos por mi.

Fue mi amigo el que me dio la idea: “¡Habrá que inaugurar tu casa, digo yo!” Mi padre tenía razón: los buenos amigos hay que cuidarlos como el mejor de los tesoros.

Hoy es un nuevo día de mi vida, y quiero disfrutarlo.

Pilar Cruz González

(Terapeuta Ocupacional)

Pilar Cruz Gonzalez

Sobre Pilo Cruz

No me gusta complicar lo que considero sencillo. Estoy en perpétuo estado de aprendizaje. Aún tengo muchos sueños por cumplir, y disfruto de los que ya soñé cuando anduve despierta. Aprendo cada día mirando a los ojos de quien me mira, escuchando palabras no habladas por mi, y sintiendo el sentir de los demás. Soy un aprendiz de la vida...

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